Salobreña es la postal de España al mundo por motivos evidentes como su silueta preciosa al contraluz de la tarde y su enclave geográfico del que sobran las palabras. Su orografía se desparrama por el montículo que antes fuera un islote, al que corona con prestancia su estupendo castillo. Es injustificada y sorprendentemente desconocida y cede su importancia con la generosidad de lo solemne, a favor de sus maravillosas playas pero el interés de la villa por sí misma es alto por múltiples razones que se hacen obvias si se visita. Conserva el alma del esplendor de su época árabe a la perfección. Perderse por sus rincones y recorrer los alrededores de la fortaleza nazarí, afortunadamente por fin hoy en rehabilitación, te retrotrae como pocos lugares que yo haya visitado a las ensoñaciones de Washington Irving. Es de destacar su albaycín y disfrutar con calma sus empinadas callejuelas, un auténtico placer. Para rematar la excursión, os recomiendo un recorrido nocturno por sus miradores que convierten la urbe en un escenario maravilloso con su juego de luces, y finalmente una merecida cerveza en alguna terraza de cualquiera de sus pintorescas plazuelas.